jueves, 25 de febrero de 2010

ORLANDO ZAPATA

Reconozco que estoy indignado.   Apenas puedo creerme que esto esté ocurriendo en nuestro tiempo, en un país como Cuba que ha formado parte de nuestra historia hasta finales del siglo XIX.   Ese pobre hombre, un obrero albañil, se ha dejado morir de hambre tras una condena de 29 años de cárcel por conseguir una televisión y una estufa en su celda.   ¿Mató a alguien para merecer esa condena?  ¿Se trata de un peligroso terrorista?  No.  Es un disidente político; alguien que solo quería libertad para su país; alguien condenado por desacato y resistencia; alguien que el Gobierno cubano considera un "mercenario" de los americanos.    ¡Un mercenario! Cualquier hombre libre hubiera desacatado a ese régimen y le hubiera hecho resistencia. No hay ningún silencio inocente ante ese crimen ni ante esa hipocresía.   Va llegando la hora de que ciertas tiranías vayan dejando de serlo, y de que ciertos silencios empiecen a convertirse en gritos por la libertad.  Lo siento de corazón por ese hombre (cuya suerte podría estar corriendo yo mismo si hubiera nacido en Cuba), por su familia, que clama justicia con toda razón y por los cubanos demócratas, muchos de los cuales hoy estarán llorando de rabia.